miércoles, 13 de febrero de 2008

Identidad Andina del Perú


El ser humano pone nombre a las cosas, señaló el antiguo sabio griego Protágoras, y las ciencias del lenguaje han establecido que los hombres se cargan de significados y simbolismos, los cuales, en ocasiones, adquieren carácter dramático, crucial, para el devenir de quienes usan y dan sentido a estos nombres. Ese es el caso de los nombres y las palabras que dan identidad a los pueblos. No puede ser de otro modo, si, al hablar de identidad, hablamos, nada menos, que de las palabras y los nombres que señalan, recuerdan y “prueban” quienes hemos sido, quienes somos y quienes queremos ser. Una de estas palabras es “Andino”; ligada, precisamente, a la crucial cuestión de la identidad de los pueblos de nuestro continente, y en especial del Perú. Cargada como pocas con numerosos sentidos y significaciones, articulados complejamente, a veces incluso contradictoria y hasta traumáticamente.

Sin embargo, lo “Andino” no lo es todo en la identidad del continente, ni del Perú. Así lo muestra el hecho de que, al lado de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), existe paralelamente el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), quedando en este último, países como Chile y Argentina donde los Andes son parte vertebral de su historia y geografía. Esto ocurre, no sólo por la diversidad, geográfica y cultural, sino también porque los profundos procesos político culturales, las dinámicas del poder, instaladas por el dominio colonial y extendidas y recreadas en las repúblicas, han dado una doble y opuesta significación a lo “andino”.

No es menor el hecho de que en prácticamente todos los estudios por encuesta, los peruanos destaquen como la mejor y más gloriosa época del Perú, la del imperio Inca, paradójicamente, aquella en que el país no existía como tal. Tal prestigio y tal esperanza ha devenido, inevitablemente, naturalmente, en diversas formas y grados, en programa político movilizador permanente a lo largo de la historia. Desde la figura y el legado de la rebelión anticolonial de Tupac Amaru, rebrotando porfiadamente en interminables “tupamaros” patriotas en la independencia, Uruguayos, Peruanos y Venezolanos, en los siglos XX y XXI (también la de Tupak Katari en Bolivia). En los proyectos republicanos de los primeros revolucionarios independistas: el “Incanato de Colombia”, de Francisco Miranda; y el “Incanato Unido de Sudamérica” del Congreso Revolucionario de 1816 en Tucumán, Argentina, impulsado por José de San Martín, Maule Belgrano, Martín Güemes y Juana Azurduy, y que tenía como Inca a Juan Bautista Tupac Amaru, único sobreviviente, tras tres décadas de cárcel y torturas en manos del imperio español, del clan revolucionario peruano. En el “Pachakutik”, importante movimiento político de mayorías en Ecuador, que recupera la figura del mítico inca organizador del imperio confederación, que aseguraba derechos sociales a todos y sagrada armonía con el universo.

Numerosos pensadores de nuestra América ha tomado permanentemente lo “andino” y lo “indio”, asociado a él, como base de la dignidad y el orgullo para identificar el continente. Entre muchos otros, el argentino Ricardo Rojas y su “Eurindia” para nombrar el continente en 1924; el peruano Raúl Haya de la Torre, hablando, desde inicios de la década de 1920, de “Indo América” para oponerla al “panamericanismo” hegemónico estadounidense y también a la naciente y dogmática influencia soviética; Carlos Mariátegui, también peruano, compañero y más tarde antagonista de Haya de la Torre, fundador del “primer marxismo auténticamente latinoamericano”, habla de “América indoibera”, de “Indoamérica” y “América indoespañola”; Augusto Sandino, en 1929, en medio de la feroz resistencia a la invasión militar norteamericana de Nicaragua, enmontañado en las Segovias, se da tiempo para proponer su “Plan de realización del Supremo sueño de Bolívar”. Y en él nombra a la región como “América Indolatina”; y, finalmente, precisamente, “Andino América” y “Andina”.

Por otro lado, sin embargo, lo “andino” es también estigma, negador o al menos identidad subvalorada. Frente a aquellas reivindicaciones sustanciales de lo “andino”, están los siglos de discriminación y exclusión del poder colonial y republicano, cuyo poder construido y ejercido contra el indio, el andino, el serrano, el “cholo”, todavía hablan por la boca del sentido común de buena parte de nuestros pueblos. Así lo saben los cerca de 500.000 campesinos desplazados a Lima y otras ciudades por la guerra interna en Perú, durante los 1980 y 1990. Tan excluidos que el país tardo dos décadas en darse cuenta (con las investigaciones de la Comisión de Verdad y Reconciliación) que habían sido asesinados o desaparecidos 30.000 más de ellos, sin que nadie lo notara.

Convertidos por el discurso del poder en simbolismo de un atraso cultural que debe dejarse atrás, son muchos los que buscan olvidar la identidad andina, o al menos, despojarla de su contenido programático para ser sólo “producto turístico”. De allí el llamado “arribismo”, “desclasamiento”, o “asimilación”, como lo nombran ciertos sectores políticos y teóricos, para criticar al “cholo” que busca “blanquearse”, salirse de la identidad estigmatizada como despreciada y fracasada, para entrar supuestamente “moderna” y “exitosa” (blanca y neoliberal) .

Por Elvis Mori y Ricardo Jiménez

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